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PREOEOIDAS DE^ UN PRÓXQQOf
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POR EL
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EDICIONES DE LA BOÍ.SA DE LOS LIBROS
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niano de obra, ha obligado a esta casa al aumento transi-
torio de los precios, en las obras en impresión; alimento limi-
tado a Ip estrictamente indispensable para poder seguir
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caretcterizan aestas ediciones. -^ ^;"; .í^'-^- >"ÍM^íS^^ÍÍ^
Almafuekte (Pedro B. Palacios)— «Poesías», con un es-
V, tudio de Alberto Lasplaces .^ . . < > _0, 35
-/ » , «Nuevas Poesías» y >>Evangélicas^, épn un ,-;
"; ^ estudio de Alfredo L. PaJaeios ..';... ;, .i * 0.40
~ ;. » « El niño », conferencia sobre enseñanza un folleto » 0. 10
Agosta y Laba (Fedeeico E.) Lecciones de ■^, V<i-
; Dereho Constitucional e Instrucción Cívica, » 1 ; 00
' : »- Comentai-io a la Constitución Uruguaya de 1918 * 0-30
; » Filosofía del Dereclio. — 2 tomos -. . . .;. . ^ . '. . . * 1.. 00
Araiuo Villagrak Horacio O.^-Primeros Elemen- . r?
•tos de, Botánica, obra escrita con arreglo a los pro- -tí- /■
gramas* escolares en vigencia, 1 tomo con grabados..., . » 0.40
AooRio Adolfo — La fragua, Apiuites sobre la Guena
Europea. .^ » 0.40
, ■ » Fuerza y derecho aspactos morales de la Gue^,? :;T ,> *
f rra Europea \j . . . .,. . . ....■.,... . í\ . ? » 0. 50
3 » La Sombra de Europa, nuevos conceptos de la ^ ---
moral. • • •^ »i:;fc©Of
Barret Rafaei.— «Diálogos, eonverraciones y otros ■íí'- 1;
escritos» ; i . . .... .íi » 0.35
BelIíAN Jose Pedro — « Doñarramona » Cuentos íiaí/rf ¿ ,¿v"i
" : clónales. :•.,,. ..I . í ; Vv. . . ..• • • * 0-40
» «¡Bies te salvo-...» , r-» 0.5.0-
Becqueb GufíTAVo A.— «Rimas» con una nota preíi-' "S j ^^
minar de L. Lasso de la Vega y un poema de Garr > -: , '
cía del Busto 1 torno. ..'....*,....:... .i;^.f'.,»..>.í ftOtSO
CAsARA^^lIXA Lemos Eíteique— Las Fuerí.as Eternas.- . -=^:- -".,
(Verso) .....................;.... ' > 0:50f^
Cruz AiciDEa — Licursión de General Pavera a las
Misiones .... . ...» 0. 40
Campo AJViOR R. de) — El Tren expreso (Poema). . . »;.J- » G.IO
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RAFAEL OBLIGADO
Leyendas Argentinds
PRKCEDIDAS, DE UN PRÓI>OGO
POR EL
DOCTOR DON JOAQUÍN V. GONZÁLEZ
Santos Vega, el payador,
Aquel de la larga fama.
Murió cantando su amor
Como el pájaro en la rama.
Cantar popular.
EDITOR
CLA.UDIO OA.RCIA.
SA.RA.NDÍ, 441
1920
?
Ob4|,t
4
4-
¡>'i
PROLOGO
s¡
o
Entre los tipos de la leyenda nacional, la inmortal
figura de Santos Vega destella sobre el fondo inmenso
de nuestra pampa com.o una aurora de poesía y amor;
él es la personificación radiante de la fibra poética
que ha muerto ya bajo las oleadas de la civilización
extranjera que innunda las campañas, desalojando y
replegando hacia los desiertos al hijo de la tierra, que
al perder el hogar donde nació, el campo donde apren-
dió á leer en la naturaleza y á asimilarse sus armonías
-misteriosas, parece que va perdiendo hasta esa sensi-
-bilidad refinada, que en otros tiempos nos hizo escu-
^char cantares deliciosos que aún resuenan en las bri-
sas desoladas de la llanura, y nos hizo admirar imá-
figenes que sólo han quedado grabadas en sus crepúsculos.
tV De todo ese m.undo ideal, de todo ese majestuoso
"^^poema cantado en los llanos por el payador de otra
oedad, sólo Santos Vega brilla sobre las iHxinas con luz
Mmperecedora; pero el gaucho apenas le recuerda, y
isu memoria se ha salvado del olvido, porque la litera-
tura de las ciudades ha recogido sus trovas para nutrir
xrde savia virgen Sus concepciones, y para iluminar al-
-4-guna vez con sus destellos misteriosos el monótono es-
^cenario de sus poemas. Sólo un genio sobrenatural
?
46908
6
podía vencer el poderoso estro del poeta nativo que
condensaba todas las facultades intelectuales de su
pueblo y de su raza; sólo los dioses podían superar en
inspiración y en belleza al cantor de la Ilíada; sólo los
genios alados de los bos<^ues de Arcadia o de Sicilia
podían modular canciones más dulces qvie Virgilio
y Teócrito; sólo Satanás podía arrancar a la guitarra
de la pampa argentina gemidos más profundos y arre-
batadores, y cantar más conmovedoras endechas que
Santos Vega, el tipo semi-divino de nuestra poesía
nacional. El, como Homero, se diviniza y desvanece
en la imaginación popular, porque se confunde con la
poesía misma cuya esencia es incorpórea y etérea, y
llega á creerse que jamás existió, y así lo afirma el sen-
timiento de un pueblo decidido á hacer de él la perso-
nificación humana de ese genio poético que anima á
toda una raza, y qtie, cantando, soñando, gimiendo en
estrofas que vibran sin dueño aparente, como el con-
cierto de las tardes campestres, forma el grande y uni-
versal poema de esa raza, de su territorio y de su cielo.
Santos Vega es el astro que resplandece sobre ese
inmenso poema: poeta y héroe de sus creaciones, tan
rápidas como vibrantes e inspiradas, se asemeja á esos
poetas de la India que actúan entre el luminoso cor-
tejo de sus héroes legendarios, amados de los dioses,
porque ellos reciben la inmortalidad de una juventud
eterna.
Santos Vega es la musa nacional que canta con los
rumores de la naturaleza; Echeverría es el poeta clá-
sico que recoge esa grandiosa poesía para elevarla y
darle la forma de la cultura; Obligado es el heredero
legítimo de esas riquezas deslumbrantes que iban des-
apareciendo de la memoria, arrastradas por los vientos
tempestuosos del progreso que transforma las ruinas
— 7 —
en palacios, porque él ha templado su lira al unísono
con esa música vaga que adormece los espíritus, arran-
cada por manos invisibles de las cuerdas siempre ten-
sas de nuestra espléndida tierra, y de nuestro clima sa-
turado de inspiración. Su Santos Vega, esbozo radiante
del gran poema de la pampa que se escribirá algún día,
es la tradición del poeta legendario vencido por el poder
superior de la civilización avasalladora, personificada
en el Diablo, en ese Satanás eternamente joven, que pa-
rece ser el portador de las grandes evoluciones de la
humanidad. Este es el sentido trascendental; pero la
tradición en sí misma, escrita en la estrofa amada de
su héroe, nos da una vez más el ejem^plo del concepto
que el hijo de la tierra se formaba del Espíritu de las
tinieblas. El es la suprema inspiración, la suprema poe-
sía, la suprema ciencia; y a pesar de que su conciencia
religiosa le abomina y le condena, su criterio artís-
tico le adora y le diviniza; porque el arte, ya cante las
alabanzas del rey profeta en el salterio de oro, esculpa
ó pinte una Dolorosa sobre las telas de Rafael, ó cé-
lebre en las estrofas inmortales de Milton y del Tasso
los triunfos de la idea cristiana, ó ya erija un Olimpo
sensual en el laúd profano de Homero, esculpa una
Venus de Milo, o arrebate y exalte el sentido en las
estrofas ardientes de Safo, siempre es la chispa, el re-
lámpago encerrado en nuestro cerebro, que iliiminando
los horizontes humanos, nos acerca a la divinidad,
porc^iíe es ese «algo de dioses» que cada hombre lleva
en su ser.
Satanás en el poema de Obligado es una verdadera
creación del arte nacional, una idea más grande que mu-
chas de las que nos admiran y enceguecen en los rotun-
dos períodos andradianos; una síntesis filosófica que
bien puede llamarse de fómiula poética de nuestra evo-
— 8 —
lución social; y quizá porque no aturde y ofusca los
sentidos, y porque el espacio de su creación ideal es
el alma misma, no brilla como otras creaciones de nues-
tra literatura, con todo el fulgor de la popularidad que,
no obstante, alcanzará m.ás sólida y profunda, cuando
la crítica se dirija hacia esos dominios del pensamiento.
El Diablo humanizado en Juan sin Ropa, un payador
desconocido que aparece en la escena rodeado de un
misterio que sobrecoge y suspende, es la poesía sobre-
natural, es el genio superior á la raza, único que puede
vencer y sepultar en la nada al poeta de la tierra. En
la payada meinorable de la tradición, su fuego divino
se anuncia por secretos presentimientos que nublan
Ja frente y el alma de Santos Vega, y que le hacen pre-
sentir su muerte. Pero oigamos algunas de estas dé-
cimas, que parecen arrancadas del alma del desierto:
Turba entonces el sagrado
Silencio que á Vega acerca.
Un jinete que se acerca
A la carrera lanzado;
Retumba al desierto hollado
Por el casco volador;
Y aunque el grupo, en su estupor,
Contenerlo pretendía,
Llega, salta, lo desvía,
Y sacude al payador
No bien el rostro sombrío
De aquel h(»nbre mudos vieron,
Horrorizados sintieron
Temblar las carnes de frío.
Miró en torno con bravio
— 9 —
Y desenvuelto ademán,
Y dijo: «Entre los que están
No tengo ningún amigo,
Pero, a fin, para testigo
Lo mismo es Pedro que Juan.)
Alzó Vega la alta frente, n i
Y le contempló un instante, I
Enseñando en el semblante i
Cierto hastío indiferente. ;
— «Por fin, dijo fríamente I
El recién llegado, estamos i
Juntos los dos, y encontramos '5
La ocasión, que éstos provocan, ' .^
De saber cómo se chocan ' 'i
Las canciones que cantamos.» i
Así diciendo, enseñó
Una guitarra en sus manos,
Y en los raigones cercanos
Preludiando se sentó.
Y aquel extraño payador, abortado por la sombra,
canta los tristes y los cielos de la pampa con encanto
sobrehumano, arrancando a su guitarra diabólica soni-
dos que electrizan, gemidos que desesperan y nublan
las tinieblas del alma, acordes que arrebatan y se de-
rraman en el espacio, evocando los seres invisibles que
lo pueblan, para agruparlos en torno suyo, suspensos
de sus armonías de ultratimaba.
— lo-
santes Vega le escucha con el corazón agitado por
la influencia magnética que aquellos cantos descono-
cidos para él mismo, para él, que había penetrado en
los más recónditos secretos del arte, de la pasión, del
cielo y del desierto de su patria, cuya alma y cuyas
fibras llevaba en las suyas. La multitud extasiada que
sirve de jurado en aquel certamen sublime, contiene,
por amor a su poeta adorado, el grito del entusiasmo
que fermenta en sus pechos inquietos, pero él comprende
su derrota, porque admira a su enemigo, y le diviniza
en Su propia mente, y porque los mías extraños prodi-
gios le indican que su adversario no es un ser himaano
como él, sino que sus trovas son las irradiaciones de
un genio divino bajado a la tierra para anunciarle su
muerte; y exclama entonces con la desesperación de
la agonía, estas palabras, que son el adiós sombrío y
eterno de la musa de la pampa:
Santos Vega se va a hundir
En lo inmenso de esos llanos...
¡ Lo han vencido ! Llegó, hermanos,
¡El momento de morir!
Algo como una niebla fúnebre se extiende sobre el
desierto solitario, á medida que este adiós va dilatán-
dose sobre la brisa de la tarde, quejumbroso como el
lamento de la bordona de donde nació, hasta los úl-
timos confines de su cielo amado, al mismo tiempo que
la pupila centelleante del poeta nativo se clava por
la vez postrera en los ojos de su querida, que tiene el
instinto del amor y de la admiración hacia su poeta,
como la rubia Magdalena lo tenía para el sublime é
inspirado Nazareno. La prenda del payador admira
y ama con el alma inmensa del desierto; Magdalena con
— 11 —
el alma infinita de ese cielo azul que promete el Evan-
gelio á las almas purificadas por la contemiplación.
El payador se desvanece en el horizonte de nuestro
cielo*, sin dejar más que un recuerdo, como rastro in-
forme de su paso, mientras que su vencedor conver-
tido en Serpiente de fuego, incendia hasta el ombú
majestuoso donde tantas veces sus endechas se ele-
varon a la altura, y donde tantas veces los hijos de la
llanura se apiñaron para adorarle y bendecirle con
lágrimas que eran laureles tributados por el coraeón
de su patria.
El Diablo, por una concepción extraña, pero que
entra en la índole de nuestra imaginación popular,
es el instrumento elegido por la fatalidad para dar la
muerte al payador legendario, cuya imagen, sin em-
bargo, brilla sobre los horizontes de nuestra litera-
tura y de nuestra tradicción, como la estrella polar
que marca a los poetas del presente y del futuro la
sen^a que lleva á la creación de nuestra gran poesía
nacional. Y es gloria del joven bardo argentino el ha-
ber levantado como bandera de combate, esa musa
que nacida y creada con Santos Vega, resplandece con
luz clásica en Echeverría, que será en el tiempo del refu-
gio donde vayan a fortalecer sus arpjas desfallecidas
nuestros poetas filósofos, cansados de edificar sin fru-
to sobre cimientos prestados por civilizaciones ajenas.
El Santos Vega de Obligado es un modelo de la tra-
dición nacional, á la vez que, como he dicho, el esbozo
radiante del gran poeta de la pampa, borrado por el
soplo de la transformación de la raza, pero que rena-
cerá de las ruinas del pasado como las estatuas grie-
gas después de la inmensa inundación de los pueblos
del Norte. Porque las evoluciones humanas son como
las capas de tierra que los siglos amontonan sobre los
12
escombros: el arado del labrador que rasga el suelo para
encerrar la semilla, tropieza algún día con un frag-
mento del mármol antiguo, y aquel fragmento es un
relámpago que alumbra el pasado, y es la revelación
de un mundo lumnioso que proyecta sus rayos vivi-
ficantes sobre el futuro.
El poeta nacional del porvenir, evocando con sus
canciones los recuerdos de la edad primitiva, será res-
pondido algún día por «el alma del viejo Santos» que
vaga eternamente en el espacio, como el ángel conde-
nado de Kopstock, esperando ver abiertas para ól
las puertas de ese cielo tan deseado, donde se goea de
la armonía que adormece los mundos, y donde se can-
tan las alabanzas místicas en .as arpas divinas.
Joaquín V. González.
SANTOS VEGA
Santos Vega, el payador,
Aquel de la larga fama,
Murió, cantando su amor
Como el pájaro en la rama.
Cantar popular.
EL ALMA DEL PAYADOR ( 1 )
Cuando la tarde se inclina
Sollozando al occidente,
Corre una sombra doliente
Sobre la pampa argentina,
Y cuando el sol ilumina
Con luz brillante y serena
Del ancho campo la escena.
La melancólica sombra
Huye besando su alfombra
Con el afán de la pena.
(l) Payador: troya ilor.
— 14 —
Cuentan los criollos del suelo
Que, en tibia noche de luna,
En solitaria laguna
Para la sombra su vuelo;
Que allí se ensancha, y un velo
Va sobre el agua formando.
Mientras se goza escuchando
Por singular beneficio
El incesante bullicio
Que hacen las olas rodando.
Dicen que, en noche nublada.
Si su guitarra algún mozo
En el crucero del pozo
Deja de intento colgada.
Llega la sombra callada
Y, al envol.erla en su manto.
Suena el preludio de un canto
Entre las cuerdas dormidas,
Cuerdas que vibran heridas
Como por gotas de llanto.
Cuentan que, en noche de aquellas
En que la Pampa se abisraa
En la extensión de sí misma
Sin su corona de estrellas,
Sobre las lomas más bellas,
Donde hay más trébol risueño.
Luce una antorcha sin dueño
Entre una niebla indecisa,
Para que temple la brisa
Las blandas alas del sueño.
— 15 —
Mas, si trocado el desmayo
En tempestad de su seno,
Estalla el cóncavo trueno, •
Que es la palabra del rayo,
Hiere al ombú de soslayo
Rojiza sierpe de- llamas,
Que, calcinando sus ramas.
Serpea, corre y asciende,
Y en la alta copa desprende
Brillante lluvia de escamas.
Cuando, en las siestas de estío.
Las brillazones remedan (1)
Vastos oleajes que ruedan
Sobre fantástico río;
Mudo, abismado y sombrío,
Baja un jinete la falda
Tinta de bella esmeralda.
Llega a las raárgenes solas...
¡Y hunde su potro en las <^as.
Con la guitarra a la espalda!
Si entonces cruza á lo lejos.
Galopando sobre el llano
Solitario, algún paisano
Viendo at otro en los reflejos
De aquel abismo de espejos.
Siente indecibles quebrantos,
Y, alzando en vez de sus cantos
Una oración de ternura.
Al persignarse murmura:
«¡El alma del viejo Santos!».
(1) Brillazón : espejismo.
— 16 —
Yo,^ que en la tierra he nacido
Donde ese genio ha cantado,
Y el pampero» he respirado
Que el payador ha nutrido,
Beso este suelo querido
Que a mis caricias se entrega.
Mientras de orgullo me anega
La convicción de que es mía
¡La patria de Echeverría,
La tierra de Santos Vega!
II
LA PBENDA DEL PAYADOB
El sol se oculta; inflamado
El horizonte fulgura,
Y se extiende en la llanura
Ligero estambre dorado, v
Sopla el viento sosegado,
Y del inmenso circuito
No llega al alma otro grito
Ni al corazón otro arruUo,
Que un monótono murmullo.
Que es la voz de lo infinito.
Santos Vega cruza el llano,
Alta el ala del somibrero.
Levantada del pampero
Al im^pulso soberano.
— 17 —
Viste poncho americano,
Suelto en ondas de su cuello,
Y chispeando en su cabello
Y en el bronce de su frente,
Lo cincela el sol poniente
Con el último destello.
¿Dónde va? Vese distante
De un ombú la copa erguida,
Como espiando la partida
De la luz agonizante,
Bajo la sombra gigante
De aquel árbol bienhechor,
Su techo, que es un primor
De reluciente totora.
Alza el pancho donde mora
La prenda del payador.
Ella, en el tronco sentada.
Meditabunda le espera,
Y en su negra cabellera
Hunde la mano rosada.
Le ve venir: su mirada.
Más que la tarde, serena,
Se cierra entonces sin pena.
Porque es todo su embeleso
Que él la despierte de un beso
Dado en su frente morena.
No bien llega, el labio amado
Toca la frente querida,
Y vuela un soplo de vida
Por el ramaje callado...
— 18 —
Un ¡ay ! apenas lanzado,
Como suspiro de palma
Gira en la atmósfera en calma ;
Y ella, fingiéndole enojos,
Alza a su dueño unos ojos
Que son dos besos del alma.
Cerró la noche. Un momento
Quedó la Pampa en reposo,
Cuando un rasgueo armonioso
Pobló de notas el viento.
Luego, en el dulce instrumento
Vibró una endecha de amor,
Y, en el hombro del cantor,
Llena de amante tristeza.
Ella dobló la cabeza
Para escucharlo mejor,
«Yo goy la nube lejana
(Vega en su canto decía).
Que con la noche sombría
Huye al venir la mañana;
Soy la luz que en tu ventana
Filtra en manojos la luna;
La que de niña, en la cuna.
Abrió tus ojos risueños;
La que dibuja tus sueños
En la desierta laguna.
«Yo soy la música vaga
Que en los confines se escucha.
Esa armonía que lucha
Con el silencio, y se apaga;
— 19 —
El aire tibio que halaga
Con su incesante volar,
Que del ombú, vacilar
Hace la copa bizarra;
¡Y la d<diente guitarra
Que suele hacerte llorar!...»
Leve rumor de un gemido,
De una caricia llorosa,
Hendió la sombra medrosa.
Crujió en el árbol dormido.
Después, el roíico estallido
De rotas cuerdas se oyó ;
Un remolino pasó
Batiendo el rancho cercano;
Y en el circuito del llano
Todo en silencio quedó.
Luego, inflamando el vacío,
Se levantó la alborada,
Con esa blanca mirada
Que hace chispear el rocío.
Y cuando el sol en el río
Vertió su Imtibre primera.
Se vio una sombra lijera
En occidente ocultarse,
Y el alto"ombm balancearse
Sobre una antigua tapera (1).
(í) Tapera : ruina.
— 20 —
III
Eli HIMNO DEL PAYADOR
En pos del alba azulada,
Ya por los campos rutila
Del sol la grande, tranquila
Y victoriosa mirada.
Sobre la curva lomada
Que asalta el cardo bravio,
Y allá en el bajo sombrío
Donde el arroyo serpea,
De cada hie/ba gotea
La viva luz del rocío.
De los opuestos confines
De la Pampa, uno tras otro,
Sobre el indómito potro
Que vuelca y bate las crines,
Abandonando fortines.
Estancias, rancho, mujer,
Vienen mil gauchos á ver
Si en otro pago distante,
Hay quien se ponga delante
Cuando se grita: ¡á vencer !
Sobre el inmenso escenarlo
Vanse formando en dOs alas,
Y el sol reluce en las galas
De cada baado contrario;
— 21 —
Puéblase el aire del vario
Rumor que en torno desata
La brillante cabalgata
Que hace sonar, de luz llenas,
Las espuelas nazarenas
Y las virolas de plata.
De entre ellos el más anciano
Divide el campo después,
Señalando de través
Larga huella por el llano;
Y alzando luego en su mano
Una pelota de cuero
Con dos manijas, certero
L<^ arroja al aire, gritando:
— «¡Vuela el pato\... ¡Va buscando
Un valiente veírdadero!».
Y cada bando a correr
Suelta el potro vigoroso,
Y aquel sale victorioso.
Que logra asirlo al caer.
Puesto el que supo vencer
En medio, la txirba calla,
Y á ambos lados de la valla
De nuevo parten el llano, •
Esperando del anciano
La alta señal de batalla.
Dala al fin. Hondo clamo.
Ronco truena en el circuito,
Y el caballo salta al grito
De su impávido señor;
— 22 —
Y vencido y vencedor,
Del noble triunfo sediento -i,
Se atropellan turbulentos
En largas filas cerradas,
Cual dos olas encrespadas
Que azotan contrarios \áentos.
Alza en alto la presea
Su feliz conquistador,
Y su bando en derredor
Le defiende y clamorea.
Uno y otro aguijonea
El ágil bruto, y chocando
Entre sí, corren dejando
Por los inciertos caminos,
Polvorosos remolinos
Sobre las pampas rodando.
Vuela el símbolo del juego
Por el campo arrebatado.
De los unos conquistado.
De los otros presa luego;
Vense, entre hálitos de fuego.
Varios jinetes rodar.
Otros súbito avanzar
Pisoteando los caídos;
Y en el aire sacudidos,
Rojos ponchos ondear.
Huyen en tanto, azoradas,
De las lagunas vecinas.
Como vivientes neblinas,
Estrepitosas bandadas;
-- 23 —
Las grandes plvimas cansadas
Tiende el chajá corpulento;
Y con veloz movimiento
Y con silbido de balas,
Bate el carancho las alas
Hiriendo á hachazos el viento.
Con fuerte brazo les quita
Robusto joven la prenda,
Y tendido, a toda rienda:
— «¡Yo solo raie basto!» grita.
En pos de él se precipita,
Y tierra y cielos asorda.
Lanzada a escape la horda
Tras el audaz desafío,
Con la pujanza de un río
Que anchuroso se desborda.
Y allá van, todos unidos,
Y él los azuza y provoca.
Golpeándose la boca.
Con salvajes alaridos
Danle caza, y confundidos,
Todos el cuerpo inclinado
Sobré el arzón del recado,
Temen que el triunfo les roben.
Cuando, volviéndose, el joven
Echa al tropel su tostado...
El sol ya la hermosa frente
Abatía, y silencioso.
Su abanióo liuninoso
Desplegaba en occidente.
— 24 —
Cuando un grito de repente
Llenó el campo, y al clamor
Cesó la lucha, en honor
De un solo nombre bendito,
Que aquel grito era este grito:
«¡Santos Vega, el payador!». r
Mudos ante él se volvieron,
Y, ya la rienda sujeta,
En derredor del poeta
Un vasto círculo hicieron.
Todos el alma pusieron
En los atentos oídos.
Porque los labios queridos
De Santos Vega cantaban
Y en su guitarra zumbaban
Estos vibrantes sonidos: '*
«Los que tengan corazón,
Los que el alma libre tengan.
Los valientes, ésos vengan
A escuchar esta canción:
Nuestro dueño es la nación
Que en el mar vence la ola,
Que en los montes reina sola,
Que en los campos nos domina,
Y que en la tierra argentina
davó la enseña española.
«Hoy mi guitarrra, en los llanos,
Cuerda por cuerda, así vibre:
¡Hasta el chimango es más libre
En nuestra tierra, paisanos !
— 25 —
Mujeres, niños, ancianCs,
El rancho aquel que primero
Llenó con sólo un ¡te quiero !
La dulce prenda querida,
¡Todo!... ¡el amor y la vida,
Es de un monarca extranjero !.
«Ya Buenos Aires, que encierra
Como las nubes, el rayo,
El Veinticinco de Mayo
Clamó de súbito: ¡guerra!
¡Hijos del llano y la sierra,
Pueblo argentino ! ¿qué haremos?
¿Menos valientes seremos
Que los que libres se aclaman?
¡De Buenos Aires nos llaman,
A Buenos Aires volemos !
■ r"
«¡Ah! ¡Si es mi voz impotente
Para arrojar, con vosotros.
Nuestra lanza y nuestros potros
Por el vasto continente;
Si jamás independiente
Veo el Suelo en que he cantado,
No me entierren en sagrado
Donde una cruz me recuerde
Entiérrenme en campo verde
Donde me pise el ganado!».
Cuando cesó esta armonía,
Que K)s conmueve y asombra
Era ya Vega una sombra
Que allá en la noche se hundía..
— 26 —
¡Patria ! á sus almas decía
El cielo, de astros cubierto,
¡Patria! el sonoro concierto
De las lagunas de plata,
¡Patria! la trémula mata
Del pajonal del desierto.
Y a Buenos Aires violaron,
Y el himrio audaz repitieron,
Cuando á Belgrano siguieron.
Cuando con Güemes lucharon,
Cuando por fin se lanzaron
Tras el Andes colosal,
Hasta aquel día inmortal
En que un grande americano
Batió al sol ecuatoriano
Nuestra enseña nacional.
IV
liA MUKBTE DEL PAYADOR
Bajo el ombú corpulento.
De las tórtolas añíado,
Porque su nido han labrado
Porque stt nkio han labrado
All al amparo del viento;
En el amplísimo asiento
Que la raíz desparrama,
Donde en las siestas la llama
De nuestro sol no se all^a,
Dormido está Santos Vega,
Aquel de la larga fama.
— 27 —
En los ramajes vecinos
Ha colgado, silenciosa,
La guitarra melodiosa
De los cantos argentinos.
Al pasar los campesinos
Ante Vega se detienen;
En silencio se convienen
A guardarle allí dormido;
Y hacen señas no hagan ruido
Los que están á los que vienen.
El más viejo se adelanta
Del grupo inmóvil, y llega
A palpar a Santos Vega,
Moviendo apenas la planta.
Una morocha que encanta
Por su aire suelto y travieso,
Causa eléctrico . embeleso
Porqué, gentil y bizarra.
Se aproxima a la guitarra
Y en las cuerdas pone un beso.
Tiirba entonces el sagrado
Silencio que á Vega acerca,
Un jifiete que se acerca r
A la carrera lanzado;
Retumba el desierto holjado
Por el casco vol»Íor;
Y aunque el grupo, en su estupor.
Contenerlo pretendía,
Llega, salta, lo desvía,
Y sacude al payador.
— 28 —
No bien el rostro sombrío
De aquel hombre mudo^ vieron,
Hopiorizados, sintieron
Temblar las carnes de frío.
Miró en torno con bravio
Y desenvuelto ademán,
Y dijo:— «Entre los que están
No tengo ningún amigo,
Pero, al fin, para testigo
Lo mismo es Pedro que Juan».
Alzó Vega la alta frente,
Y le contempló un instante.
Enseñando en el semblante
Cierto hastío indiferente.
— «Por fin, dijo fríamente
El recién llegado, estamos
Juntos los dos, y encontramos
La ocasión, que éstos provocan,
De saber cómo se chocan
Las canciones que cantamos».
Así diciendo, enseñó
Una guitarra en sus manos,
Y en los raigones cercanos
Preludiando se sentó.
Vega entonces sonrió,
Y al volverse al instrumento,
La morocha hasta su asiento
Ya su guitarra traía,
Con un gesto que decía:
«La he besado hace un momento».
— 29 —
Juan Sin Ropa (se llamaba
Juan Sin Ropa el forastero)
Comenzó por un ligero
Dulce acorde que encantaba.
Y con voz que modulaba
B andamente los sonidos,
Cantó tristes nunca oídos,
Cantó cielos no escuchados.
Que llevaban, derramados.
La embriaguez á los sentidos.
Santos Vega oyó suspenso
Al cantor; y toda inquieta.
Sintió su alma de poeta
Como un aleteo inmenso.
Luego, en un preludio intenso,
Hirió las cuerdas sonoras,
Y c«ntó de las auroras
Y las tardes pampeanas,
Endechas americanas
Más dulces que aquellas horas.
Al dar Vega fin al canto.
Ya una tiiste noche oscura
Desplegaba en la llanura
Las tinieblas de su manto.
Juan Sin Ropa se alzó en tanto.
Bajo el árbol se empinó.
Un verde gajo tocó,
Y tembló la muchedumbre,
Porque, echando roja lumbre.
Aquel gajo se inflamó.
— 30 —
Chispearon sus miradas,
Y torciendo el talle esbelto,
Fué á sentarse, medio envuelto
Por las rojas llamaradas.
¡Oh, qué voces levantadas
Las que entonces se escucharon !
¡Cuántos ecos despertaron
En la Pampa m^isteriosa,
A esa música grandiosa
Que los vientos se llevaron !
Era aquella esa canción
Que en el alma sólo vibra,
Modulada en cada fibra
Secreta del corazón;
El orgullo, la ambición,
Los más íntimos anhelos,
Los desmayos y los vuelos
Del espíritu genial.
Que va, en pos del ideal,
Como el cóndor a los cielos.
Era el grito podei*oso
Del piogreso, dado al viento;
El solemne llamamiento
Al combate más glorioso.
Era, en medio del reposo
De la Pampa ayer dormida.
La visión ennoblecida
Del trabajo, antes no honrado;
La promesa del arado
Que abre cauces a la vida.
-31-
i
!
Como en mágico espejismo, i
Al compás de ese concierto, I
Mil ciudades el desierto
Levantaba de sí mismio.
Y a la par que en el abism^o i
Una edad se desmorona, '
Al conjuro, en la ancha zona ;
Derramábase la Europa, j
Que sin dxxda Juan Sin Ropa
Era la ciencia en persona. I
Oyó Vega embebecido I
Aquel himno prodigioso,
E, inclinando el rostro hermoso, |
Dijo: — «Sé que me has vencido.^ i
El semblante humedecido
Por nobles gotas de llanto, i
Volvió á la joven, su encanto, ^
Y en los ojos de su amada
Clavó una larga mirada,
Y entonó su postrer canto:
— «Adiós, luz del alma mía,^
Adiós, flor de mis llanuras.
Manantial de las dulziu-as
Que mi espíritu bebía;
Adiós, mi única alegría,
Dulce afán de mi existir;
Santos Vega se va a hundir
En lo inmenso de esos llanos...
¡Lo han vencido ! ¡Llegó, hermanos.
El momento de morir ! »
— 32 —
Aún stis lágrimas cayeron
En la guitarra, copiosas,
Y las cuerdas temblorosas
A cada gota gimieron;
Pero súbito cundieron
Del gajo ardiente las llamas,
Y trocado entre las ramas
En serpiente, Juan Sin Ropa,
Arrojó de la alta copa
Brillante lluvia de escamas.
Ni aún cenizas en el suelo
De Santos Vega quedaron,
Y los años dispersaron'
Los testigos de aquel duelo;
Pero un viejo y noble abuelo,
Así el cuento terminó:
— «Y si cantando m\irió
Aquel que vivió cantando.
Fué, decía suspirando,
Porque el diablo lo venció».
LA SALAMANCA
Nace la Noche en el fondo
De las abruptas cañadas,
Y con las sombras primeras
Por los valles se acielanta.
Aunque es dulce, en su presencia
Las aves gimen, no cantan,
Y se arrojan a su albergue
Tropezando entre las ramas:
Aunque es tierna, y el suspiro
De sus labios llena el aixra.
Va taimiada despertando
Execrables alimañas.
Deja el valle, y^en silencio
Ágil trepa por la falda,
Metiéndose entre las grietas.
Descendiendo a las quebradas,
Arrebatando las luces
Que el sol dejó en la montaña.
Hasta que se hunde sombría
En la horrenda Salamanca.
— 34 —
¡La Salamanca! Antro osctiro
De qtiiméricas fantasmas,
Que en los senos de la sierra
Largo espacio se dilata,
En columnas de calcáreo
Lanza stis bóvedas anchas,
O corriendo por encima
De estalagmitas se arrastra;
Retuércese en espirales
Que a los abismos se lanzan;
Por silente galería
Recta pas peñas taladra;
Y del fondo tenebroso,
En vibrantes bocanadas.
Arroja al vasto recinto
De las bóvedas en calma.
El lejano cañoneo
De estruendosa catarata.
Luego, en grietas repartida.
Por angostas sendas marcha.
Hasta juntarse en inmensa,
Húmeda y tétrica sala,
Donde suena, siglos hace.
La pertinaz gota de agua.
¡Mansión de horror ! En la altura
Giran del buho las alas,
Y de sus ojos redondos
Echa a aquel antro las llamas;
Y miás abajo, esparciendo
Del aire espeso las miasmas.
De los hediondos murciélagos
Vuela la torpe bandada.
— 35 —
Corren en fila, azotando
Las encorvadas murallas,
En procesión hervorosa
Las malditas luces malas;
Y, a su reflejo, a gún duende
Se asoma, y rápido pasa,
Hundiendo mudo en la sombra
Lo:5 callados pies de lana.
II
De la más honda tiniebla,
Como un hervor del abismo^
Suben de trasgos y brujas
Los palmoteos y gritos.
Luego, en tropel sonoroso.
Llenan la sala, y principio
Dan, bajo teas h\imeantes,
Al aquellarre maldito.
Giran en torno de un tacho
Que hierve a un fuego rojizo;
Con varejones de tala
Revuelven, baten el líquido;
Y echan el húmedo sapo
De los pantanos traído;
La blanda lengua del perro
Que erró sin amo ni abrigo,
Y, en el desierto, a la luna.
Alzó lamento tristísimio;
De las iguanas los ojos;
Las alas de los vampiros;
Siempre girando, girando
En infernal remolino. j
— 36 —
Desde la gruta ignorada,
Suena en los campos vecinos
Aquel estrépito infame
Con la dulzura de un himno;
Música errante, que lleva
Al corazón y al espíritu.
Ansia de empresas vedadas,
Sed de grandeza y dominio.
ün criollo joven y hermoso.
De cribado calzoncillo
De facón a la cintura.
De poncho, espuela y barbijo.
Por la música celeste
Y Su ambición atraído,
Entró impávido en la gruta.
Se hundió en su inmenso recinto.
Un punto tembló, y un punto
Vaciló, perb, atrevido.
Como flexible culebra
Se arrastró por los abismos...
Y allá las brujas gritaron.
Abriéndose en ancho círculo:
—«¡Llegue el valiente a iniciarse.
El hemíono, el bienvenido !
¡Venga luego a complacerle.
Venga el rey de \Tiestro asilo ! »
A esta voz, romipiendo el muro.
Se apareció el diablo antiguo,
Largo y flaco, hediendo a azufre,
Hombre y sierpe a un tiempo mismo.
— ^«¿Qué desea el que me busca?»
Ronco y grave al joven dijo.
v_ 37 —
«El amor de las mujeres,
El cabalk) que yo envidio,
Echar suerte con la taba,
Buen ojo para el cuchillo,
A la muía más bellaca
Montarla de un solo brinco,
Y darte el alma por todo.
¿Te conviene? »
— «Concedido;
Pero antes, venga una prueba
Para saber si eres digno^.
Y así diciendo, Satán
Abrió un hondo precipicio
Sin más senda que una larga
Cuchilla puesta de filo,
Debajo, monstruos y fieras
Que dan hambrientos rugidos,,
Y en el fondo, en un altar.
La dulce imagen del Cristo.
—«¡Anda está abierta la senda
A tus humanos designios;
¡Anda! y no temas los monstruos
Que te saldrán al camino;
¡Anda! ¡y escupe y derriba
Al odiado, al crucifijo!»
El ambicioso, el blasfemo,
Echó a andar... y un estallido
Lanzó al jovQn, a las brujas,
Y a Satanás, al abisiño.
La dinamita triunfante
Y del obrero los picos,
— 38 —
Perforaban la montaña
Abriendo túnel magnífico
A la audaz Toconiptora,
Al nuevo, excelso vestiglo.
1893.
LA MULA ÁNIMA
Iba Tin anciano trepando
En ágil milla la sierra,
Desde el sombrero a la barba
Suelto el barbijo de seda;
Poncho de agreste, vicuña
Con franjas, flecos y hojuelas,
Ha medio sigío bordado
Por Su afinada la prenda;
Llevaba usutas (sandalias
No he de decir en mi tierra).
Que así le guardan los pies
Como le sirven de espuelas;
Un guardamonte de cuero
Con que se cubre las piernas,
A cuyo empuje se inclinan
Arbustos, cardos, malezas,
Y huyen guanacos y cabras
Cuando, al trotar de la bestia,
Con resonantes crujidos
Sobre sus flancos golpea.
Lleva aquel viejo en el alma
La triste música interna
De los recuerdos: los besos
De las ternuras maternas.
40
El dulce abrazo infinito
Y el largo ¡adiós ! de su prenda,
Cuando, a través de los Andes,
Fué a combatir y a quererla;
Y allá en lo oculto, en lo hermoso.
La imagen fúlgida, eterna.
De nuestra patria... la patria
De las heroicas proezas.
De William Brown en los mares.
De San Martín en la tierra.
El fué con Dávila a Chile,
Con Güemes a la frontera.
Con La Madrid a Tarija,
A Junin con Necochea,
Y era tan fiel en amores
Com.o atrevido en la guerra.
Tiene este viejo una enjundia
Que ni el demonio la tuesta,
Y donde asoma un peligro
Es para hollarlo una fiera.
De la espantosa Mvla Anima
Tantos horrores le cuentan,
Que, por hallarla a su paso
Y refrenarle las riendas.
Hizo a la Virgen del Valle
Esta sencilla promesa :
«Haz que la encuentre, y de alfombra
Pondré a tus plantas de reina,
Este mi poncho tejido
Por mi finada la prenda.»
_ 41 —
Embebecido iba el hombre
En sus recuerdos y penas,
Cuando, de un rancho asentado
Sobre la abrupta ladera.
Salióle al paso, en tumulto,
Un mocetón, una vieja.
Una serrana, dos niños,
Y hasta una cabra casera;
Sucias las caras, y un susto
Lívido y áspero en ellas.
— « ¡Va por allí ! — le gritaron, —
¡Va por allí, por la cuesta!»
— « ¿Quién?» — ^preguntó, deteniéndose.
El del barbijo de seda.
— « ¡Ella ! ¡La muía maldita
Que por la noche anda suelta!»
— «Si, dijo el mozo, la he visto
Al despertar de la siesta.»
— «Y yo, añadió la serrana,
Desvanecerse en la niebla.»
— «Mas, cuando pasa de día.
Como esta vez, se presenta
De viuda, toda enlutada.
En dirección a una iglesia.»
— «Y al regresar cada noche.
Es muía en llamas envuelta.»
— «Pues a esperarla me quedo,
Dijo el del poncho de hojuelas.»
— «¡Ah, qué mujer!» — persignándose
Murmura al cabo la abuela,
Mientras el viejo soldado
Entra a su rancho y se sienta, —
42
«¡Ah, qué mujer!... Era blanca
Como las nieves eternas,
Y rubia como esos cardos
Que dan flor en primavera.
Se enamoró de un soldado
De la santa independencia,
Que con Dávila fué a Chile
A luchar por su bandera;
Y como era tejedora
De las pocas y las buenas,
Le hizjo un poncho de vicuña
Más liviano que hoja seca.
El buen javen se marchó
A libertar nuestra América,
Bajo fe de su palabra
De casamiento a la vuelta.
Y ella, dos anos corridos,
Fué tan loca y sinvergüenza.
Que se enredó con un cura
Para curarse de ausencias.
Dios, el gran Dios, la maldijo
Hiriéndola con su diestra,
Y echó Su ánima a penar
Por las quebradas desciertas.
Convertida en esa muía
Que en la noche se pasea.
Que de ojos, boca y narices,
Arroja llamas siniestras.
Por un decreto divino
Lleva colgando las riendas.
Hasta que un hombre muy hombre,
Por redimirle la pena.
Con fuerte brazo y fe santa
La refrene en su carrera».
— 43 —
Iba cayendo la noche
Al terminar la conseja,
Y conmovido el soldado
Por unas ansias secretas,
Mudo besó, al desj>edirse,
A los niños y a la abuela,
Y, cabalga<Jo en su muía.
Se echó a vagar por la sierra.
Era una noche sombría,
Fúnebre noche, de aquellas
En que los genios medroslos
Salen de grutas y cuevas;
En que una mano, aéomada
De algún recodo, hace señas;
En que está octilto un misterio
Que hace temblar las tinieblas,
Y hasta el rumor del torrente
Es un rodar de cadenas.
El noble viejo marchaba
Por la sinuosa vereda.
Cuando unas luces rojizas,
Hiriendo á asaltos las peñas,
Le iluminaron un arria
De pardas muías cargueras,
Cegadas, quietas, bufando
Bajo las vivas centellas,
Y á los arrieros, postrados,
La faz oculta en las piedras.
Luego, por boca y narices
Echando ardientes culebras,
Que, retorcidas, los muros
44
Suben y en lo alto chispean,
Se apareció la Muía Anima,
Al aire flojas las riendas.
Echó pie á la tierra el soldado
De las batallas homéricas,
Y se avanzó a recibirla
Con toda el alma en la empresa.
Hizo á la Virgen del Valle,
Como á sus jefes, la venia,
Y cuando estaba ya encima
La muía, en llamas envuelta,
La refrenó, y a su pecho
Vino a estrellarse, ya muerta,
Pero en mujer convertida. . .
¡Y era su novia, la prenda-
Sé echó a llorar como un niño
El de la lides de América. . .
Mientras, la Virgen del Valle
Bajó ceñida de estrellas.
El le tendió como alfombra
Si rico poncho de hojuelas,
Y ella, posada un instante
Para aceptar la promesa.
Volvióse al cielo llevando
Purificada en su esencia.
Un alma mísera, indigna^
Pero que ha amado en la tierra.
1892.
EL YAGUAKON
¡Quién dijera, al verle ahí
Tan apacible y rendido, "^
Que este Paraná querido
Tuviera infamias en sí !
Todo en el mundo es así :
La belleza, de luz plena,
La niñez y la azucena.
Todo en cieno se convierte, ,
A todo arroja la muerte
El polvo de que está Uena. . .
Bajando Juana María,
Puesta en jarras, la barranca.
Un lío de ropa Blanca
En la cabeza traía.
Va con franca bizarría
Imponiendo su hermosura;
Y al descender de la altura.
Suelta la falda tan bien,
Que oscila y cruje al vaivén
De su redonda cintura.
— 46 —
¡Hay que ver con qué mirada,
A tan gentil desparpajo,
La envuelve de arriba abajo
Hecha un ascua la mozada !
Ella, a quemarla habituada.
Sigue, dando a su atavío
El mismo rumboso brío
Que harto sabe le conviene,
Y así llega donde tiene
La batea junto al río.
Sobre las ropas ajenas
Vierte el agua reluciente,
Y en su seno transparente.
Con un pan de jabón llenas.
Crispa las manos morenas,
Elota de uno, de otro modo.
Bate, tuerce, enjuga todo,...
Y por las carnes de rosa
Blanca espuma globulosa
Le va subiendo hasta el codo.
¡Con qué afán, con qué agasajo
Y apasionada terneza,
La santa naturaleza
Bendice en ella el trabajo !
En cada árbol no hay un gajo
Que no se agite en su honor;
Las islas, de cada flor
Le dan fragancia; el jilguero
Le canta el himno sincero
Del antiguo trovador.
— 47 —
Quiere así la primavera
Rendirle todas sus galas,
Que se muevan muchas alas
Honrando a la lavandera. . .
Pero el río, en su severa
Profunda calma, desciende;
El sol lo empapa y enciende;
El viento apenas lo riza;
Y hondo y mudo se desliza
El gran Paraná y se extiende.
No observa Juana María
Que a sus pies, precisamente.
Hierve entonces la corriente
Con más hervor que solía;
No ve que el río aquel día
Tiene extraños movimientíbs.
Ni que eléctricos, sangrientos,
De infame plétora rojos.
Bajo las aguas, dos ojos
La miran fijos y hambrientas.
Ancho el río cabrillea
Conturbaáfc) por la brisa,
Y en él la forma indecisa
De un monstruo se balancea.
Verdoso, enorme, voltea
El cuerpo, se hunde, se oculta.
Resurge, el líquido abulta.
Borbollando por sí mismo,
Y de nuevo en el abismo
El chato lomo sepulta.
— 48 —
Al oído de la obrera,
De allá muy hondo, muy hondo,
Vago llega desde el fondo
Un ronco bramar de fiera;
Sonidos que se dijera
Ser lamentos gemebundos;
Otras veces, iracundos
Desgarrones, golpes vivos
De zarpazos convulsivos.
En socavones profundos.
Juana va a huir, todo siente...
¡Y arroja un grito, y sé aterra.
Viendo que se hunde la tierra,
Quebrándose de repente! . . .
Un remolino rugiente
Salta del río, la alcanza,
La derriba; se abalanza.
Todo inunda, todo huella,
Y, envuelto en lodo, con ella
Al hondo cauce se lanza. . .
A poco, manso y sereno.
Quedó el río indiferente,
Y sólo huyo, en la corriente.
Una gran mancha de cieno.
Siguió el bosque, siempre ameno.
Su eterna y rítmica pieza;
Siguió dando a la belleza
El jilguero sus canciones,
Y hechandb sus bendiciones.
La santa naturaleza.
EL CACUI
Per donde Salta limita
Con Tucmnán y Santiago,
Mientras los de una ludada
Tomaban mate y descanso.
Dijo un payador porteño.
Que andaba entre ellos buscando
Míeles también, no de abeja^
Sino de ensutóbs y encantos:
— « Finalizó la eosecha
La de algarroba, ¡gran año I
iQaé invierna para la aloja
Será el invierno cercano!
Ya lo veréis, cuando haciéndose
El gracioso venga mayo,
Y, dando diente con diente,
Le siga junio exnpochado.
Agua se me hace la boca
De solamente pensarlo. . .
Irá a los bailes la prenda
Que está nombrada, pues callo,
Y be de soltarle al oído
Entre diciendo y besando:
— 50 —
« j Tomo y obligo ' » . . . y la niña
Ha de beber en mi jarro,
Y ha de obligarme a su turno,
C!on un mirar y un amago
De esos que muestran el alma;
Como la aloja, chispeando.
De mi guitarra en la prima
Cantaré el si de sus labios;
Y al son de cuecas chilenas
Y de argentinos malambos,
¡Haré volar la pollera
De la princesa del pago,
Y, entre las mozas, ninguna
Ha de pisarle el uapato,
Ni levantar sobre todas
Más polvareda en el rancho! »
— « ¡ Valiente moza es aquélla
Para meterla en fandangos! ...
— Le interrumpió un santiagueño.
Más que diciendo, cantando, —
Lo que es Su padre, la cuida
Como reliquia de santo :
Y cuando baja a los montes.
La deja allá, en su barranco.
Como las flor s del airé.
Pegada siempre al peñasco.
Y si no, ¿cuál de nosotros
La ha visto ? »
— « Yo, entre mis cantos»
Que los cantores háciraos
Para entrever lo sonado.
En cierta noche de luna.
— 51 —
Mientras la andaba fundando, ' '„
De su aposento salían
Como gemidos muy largos,
Y desde entortces, librarla
De su prisión he jurado. >>
— «Más sabe el diablo por viejo
Que por su ciencia de diablo,—
Dijo un sargento de Güemes,
Matusalén ignorado; —
Y así te digo, porteño,
Que en la casa del barranco
No hay tal mujer, ni tal padrej
Pues, lo que es ella, es un pájaro,
Y el hombre aquel, que allí mofa
Y baja solo, es su hermano,
Anima ya, porque el pobre
Anda hace un siglo penando;
Y los gemidos que oíste,
No en Su aposento, en un árbol.
Son del cacui que en la noclie,.
Va a sollozar a su lado».
— «Sea miujer, y no im^porta
Que vista plumas o fasos,-^ —
Dijo el cantor, — qué las ala^
Son de los seres más altos;'
Y si es un ave, sin duda '
Sabrá librarse del barro: ^
Sueño por sueño, en él niúndó
Quiero soñar con lo alado». "\
,. ■ ■ ■ , I -
— «Cuando conozcas sü historia.
Replicó al purtto el anciano.
— 52 —
Has de romper tu guitarra,
¡Y has de romperla llorando-
Eran, varón y mujer,
Hiiéifanos ya, dos hermanos:
Ella un demonio, aunque linda,
Y él poco menos que un santo,
Trabajador sin abuela
Y emprendedpr sin cansancio.
Así picaba carretas
En Tucumán o Santiago,
Y en las llanuras era hombre
De boleadoras y lazo,
0<Miio en los bosques de Salta
Un obrajero afamado;
En Catamarca, minero
IVfós cateador que un riojanjcí;
¡Y ent las meadas, amigos! . . .
iSíunca jamás se dio el caso
De que perdiera una abeja
Entre esa mar de quebrachos.
Porque ¡ tenía unos ojos
Para seguirlas volando
Y descubrir la colmena
Entre ei cebil o el retamol . . .
Pues, cuando hacía, lo hacía
Para tener cea regalo
A esa qpie tú, payador,
llamas princesa del pago,
Y qu© ©fa moza muy Unda,
Pero en los hechor, gusano.
Si él le traía un cabrito,
Ella en lo oculto iba a asarlo.
Lo devoraba, y el resto
Echiriba allá, » los caranchos;
— 53 —
Y él se iba hambriento, afligido,
Para volver, en las manos
Trayendo achuras sabrosaSj
Que ella comía... y al campo
Iba y voleaba la olla
Para negarla a su hermanoJ
Siem^pre, al llegar a su casa,
Cuando dejaba el trabajo,
Haljó cazuelas vertidas
Y necia burla en los labios» .
— «Parece cuento»...;
— «No es, cuento:
Ha Sucedido, aunque es raro,
Pero en los seres hay cosas ...
Vaya, mejor es callarlo.
El le rogaba unas veces.
Casi a Sus plantas postrado,
Qwe no amargara sus horas
Con proceder tan ingrato;
Otras, sañudo y sombrío,
Presa de impulsos insanos.
Iba a azotarla en el rostro...
¡ Y le temblaba la mano !^
Ya de su madre el recuerdo
Era el ejem^plo evocado .. .
¡ Hay, de esa madre que a muchos
Nos está al cielo llamando^ ...
Pero la niña era terca,
Su corazón era malo,
Y, hosca, burlaba el recuerdo
Con el desdén más villano.
Hasta que xin día aquel mártir
54
De ese odio y j'xigo pesado,
Dijo: — « ¡ Que muera ! ¡ que inuera í
Mas no la mate mi brazo,
I 8ino, a la faz de los cielos,
; ¡La voluntad de los astros ! »
I Y asiendo su nacha obrajera,
I Que no mellaba el quebracho,
i Llamó a su hermana, y con dulce
i Voz de cariño y halago
I J — « ¿ Sabes, le dijo, que tengo.
En aquel bosque inmediato,
j Un inoromioro, y quisiera
I Para tí sola sacarlo ? »
j A tal promesa, la joven,
Que era golosa: — « Pues vamos *, —
Le contestó, y en procura
i De la colmena marcharon.
I
i « Al pie de un orcocebil,
Tan corpulento y tan alto
Que echaba el cielo la copa,
8e detuvieron entrambos.
— « Sube delante, le dijo.
Que JO te iré sustentando,
Para que allá, en la corona,
Goces tú sola el regalo ».
Luego, de un gajo en el otro.
Fueron trepando ... y treparon.
Ella de mieles hambrienta
Y él su venganza hambreando.
Cuando llegaron al sitio
Más eminente del árbol:
— « Está añadió, el moromoro
Cerca de aquí, en aquel gajo;
— 55 —
Échate al rostro el pañuelo
Mientras desciendo a sacarlo,
Que las abejas dispersas
Pueden hacerte algún daño ».
Ella cubrióse, y a poco
Sintió temblar todo el árbo
Y derrumbarse las ramas
A los tremendos hachazos.
— « Cúbrete bien», le decía
El, cada vez más abajo.
Hasta que el hacha y los ecos
De resonar se cansaron,
y llegó mudo el silencio
Desde los montes lejanos.
Ella^ velada y medrosa,
Se estuvo así mucho rato,
Hasta que, alzando el panuco,
Se \'ió, con ,susto y con pasnlo.
Sola en el orcocebil
De sus ramas despojado.
Sola, en aislada colúnihá.
Adonde el eco le. tfajo
La carcajada. nerviosa
Y siniestra ^e su hermano. ,
« Quiso bajar, mas no tuvo
Donde apoyarsp a su p^so,
Y, A^eljba al pielo la frente,
Ronapió de súbito en llanto.
Vino la noche; otro día
Pasó; de nue^ro al. ocaso
Cayó el sol, ^; Ja? estrellas .
Su helada lumbre le echaron. ..
— 56 —
En rededor, de ios bosques
En lo profundo y arcano,
Sonaba el órgano inmenso
De los rumores sagrados;
El roce, incierto al oído,
Mas por el miedo escuchado,
De las serpientes, que trepan
Del dulce nido al asalto;
El rugir, hondo y bravio,
O el avanzar, lento y cautk>
De los tigres y leenes
Que van de caza, husmeando . . .
« Ella en las carnes sentía
El penetrante y helado
Filo de agudo puñal
Que se va hundiendo hasta el cabo,
Un hambre y sed febricientes
La devoraban, en tanto,
Y su alma hería y su cuerpo
La convulsión del espasmo.
Entre el horror de sí misma.
Su corazón, golpeando,
Se derramaba en sollozos, '
Voces de angustia y espanto.
Luego, una calma, un sociego
Fué por Sus nervios vagando,
Y circuló por sus Venas
Comio un sabroso desmayo.
Miró hacia el cielo, hacia el bosque,
Y tuvo un ímpetu extraño
De divagar por la selva
Y hender volando el espacio.
Entre asombrada y medrosa.
— S7 —
Vio disminuir su tamaño,
Que emphimecia su cuerpo
Y que eran alas sus brazos;
Y de mujer, en un ave
Viendo su ser transformado.
Abrió las alas primer©,
Hizo en él aire un ensayo,
Y, resumiendo en un grito
Todo el horrible pasado,
Todo el dolor de su culpa.
Todo su acerbo quebranto^
^ hundió volando en las selvas*.
Pero a este punto^ en un árbol,
Sonó el quejido, el sollozo.
El alarido de un llanto
De esos que nacen del fondo
Del alma rota én pedazos,
Y los meleros, absortos,
Betrocediendo, tem^tdaron.
— * No hay que asustarse^ — - les dijo,
Irgoiéndose, di veterano, —
Bse que gime en el bosque
Es (A cacui solitario;
Y mientras safra la patria
Tanto martirio, paisanos,
Y nuestros ranchos no sean
Algo más que jpobres ranchos,
¡ Ay • } porque nunca süpim^os,
A nuestra vez, ser heraáanos,
IS6 oirá ese gñto> ese lloro.
Ese clamor desgarrado.' »
1894
LA LUZ MALA
Larga tropa de carretas
Atraviesa la llanura
Bajo la eterna hermosura
De los radiantes planetas,
Al ta rd©^ pas» sujetas
De los bueyes, enfila<tes,
Salvan lomas y quebradas,
Y en el trébol florecido,
Haciendo áspero ruido,
Hunden las ruedas pesadas.
Vense aüí en el claibscuro
De mil vagos resplandores,
Oscüar sus conductores
Sobre et pértigo inseguro.
De llegar no tiene apuro
A su rancho el picador,
Pero, músico y cantor.
Entretiene su camino
Con algún triste argentino
Que llora ausencias de amor.
— 60 —
La Cruz del Sud, suspendida
Sobre los campos desiertos
Tiende los brazos abiertos
Hacia la tierra dormida.
Y en la sombra sumergida
Agüella inmensa región,
Llena de mística unción,
Por el trébol perfumada,
Está a sus plantas postrada
Como en perpetua oración.
Súbito brilla á lo lejos
Una luz. .. la luz maldita.
Cuya historia nunca escrita
Saben jóvenes y viejos.
Vedi a: lanza mil reflejos;
SeVdetiene y humo exhala;
Incendia el eamipo; resbala
Retcirciéndose rualigna;
Y cada uno se persigna.
Murmurando: — ¡ La luz mala •
— « Es el alma de un hermano,
Que, desterrado del cielo.
Solitaria y sin consuelo
Vaga errante por el llano;
Un espíritu cristiano
De crueles ansias lleno.
Que, de la noche en el seno,
Nos ha pedido otras veces
Una cruz y algunas preces
Que lo tornen justo y bueno )>.
— ftl —
Así dicen, y entretanto,
Esquivando sus destellos,
Kezan juntos todos ellos,
Olvidados ya del canto;
Y ven, trémulos, de espanto,
Cómo la hiz resplandecei
Y chispea, y desparece,
Y con nueva brillantez
Ilximina, y cada vez
Más y más grande parece.
Ora se hunde en el bajío,
Ora corre por la loma,
Pero siempre avanza, y toma
Por momentos nuevo brío.
Del horizonte sombrío
Se aproxima a cada instante,
Y hacia atrás y hacia addiante
Huyen las sombras inquietas,
Y se acerca a las carretas
Gomo un ojo centelleante.
Y, mientras lleno de horror,
Tras esfuerzos sobrehumanos.
Se cubre con ^ubas manos
Todo ei rostro d picador.
El penacho de vapor
Suelto al aire, rauda, altiva,
Rumorosa y convulsiva
Cual un potro desbocado.
Pasa hirviendo por su l^o
La veloz locomotiva.
— 62 —
j Mal hacéis vuestro camino
Paso á paso y leittaniénte,
Al ^ance del torrente, ■
Antiguo pueblo argentino-
i Cantad himnos al destino,
Y cuando en noche serena
Brille esa luz, no os dé pena,
No temáis, criollos, por eso,
Que en las vías del progreso
La luz mala es la Itiz buena !.
1883.
INDlCR
PbóLOGO del Dr, Joaquín V. González 5
Santos Vega
El alma del payador 13
La prenda 16
El himno 20
La muerte 26
La Salamanca 33
La Mula Anima 39
El Yagua ron 45
El Cacuí 49
La Luz Mala 59
\ ■
Constitución DE LÁ Reiubiícá^ ÓEiEKTAL-entro en
vigencia en 1919 , . ; » 0. 10
CoNSiTiTUCiON Y Gobieino Interior Administrativo
de los-pepartamentos. Un temo..... . .'.. .í. . ,; . » 0.15
Campo -Estanislao del-«Ea\TSto», irtlpresicnes del gau-
cho Anastasio el Pollo. Prólogo de Juan C. Gómez.. » 0.25
Dakio Rubén— « Prosas Profanas *, con un prólogo de
José E. Rodó ............ . . ...... ...... * 0. 40
» Azul. .i con prologo de J. Valera. . . . . . . »t).35-
FiAUBEET Gustavo — ^Madama Bovary .\; . » O.'.Ó"
González Domingo^ — (Licenciado Peralta,) Brocha- _V
zos y Bocetos, contiene esta obra docum.entos y
anécdotas relativas a la Historia Nacional. Un - "
tpmo de 200 páginas -» 0. 50
■ *- Carnet de un filósofo de antaño, 2 tomos... » 1.25
» Estudio sobre Constitucicn orgánica y regla-
- mentación de la jusiicia civil y criminal. Un tm. » 1^25
Goethe — «Werther» novela con prólogo de Samuel
Blixen. Un tomo.. » 0. 35
HoLLEiMAN (A. F. —Química Orgánica, traducción cas- ^
tellana directamente del Holandés, se reparte por
entregas de 16 páginas, cu .... . . . . -. » 0. 20
» Química inorgánica en castellano tomo tela » 6.00
Ingenieros Joás-Significación Histórica del Maxima-
lismo, 1^ folleto................ ................ »0.10
Lagabmilla Alejandro «Fundamentos de la Moral» » 0.50-
L.vá PLACES AiBERTO-Cinco meses de guerra. Estudio -
de la Guerra europea » 0.40-
, » . Opiniones literarias (Prosistas Uruguayos Con-
- .temporáneos) í.. ......,......;..,.... » 0.80
]\Ias de Ayala, i -Leccion-ís de Química Inorgánica ^
(<3omplemento del texto de clase), de acuerdo con el
programa univOTSitario para el curso preparatorio » 1.20
MAETERUNck MAURICIO- «La Muerte» ¡^ 0.35
'.; » - «Léi vida de las alDejas» . » 0.40
» «La inteligencia de las flores» »0.40
» «El alcalde de Stilmonde, di ama en 3 actos » 0.25
Melian Latestur- {LuK')-La acción funesta de los
partidos tradicionales en la Reforma Cons-,
titucional » 0.60
rsr-'
-> -'■\, - : ■■•-;'■
' S ■-' >
» Semblanzas del Pasado- Juan C. Gómez-un -i^--
grueso volumen. , » 1.00
NtN Gastón A. Federico Nin Reyes-y el Génesis de i';
la industria frigorífica (estudio histórico) 1 volumen / ; .
con foto-grabados y diseños ^ » 1T50
Ñervo amado-« Florilegio (RecopÜÉkción), 1 folleto »0.15
» «Perlas Negras» (Poemas), 1 tomo » 0.50
» «Elevación» (Poemas), 1 tomo¿ » 0.50
» « Serenidad » Poesías), 1 tomo » 0. 60
» «En voz baja» (Poesías), 1 tomo .......... * 0.50^
» « Ideas y observaciones filosóficas de Tello Tellez
tomo » 0.25-
PoE EoGARD-Poeraas y cuentos. Prólogo de Rubén -'-
Darío » 0. 30
Patjllier W-La Defensa Nacional y los Problenjas
Militares, 1 tomo de 304 páginas » 1.50
RoxLO ÜARLCá-El libro de. las Rimas, segunda edi-
ción corregida y aumentada , » 0.35
SiCHELE scirio Las ciencias sociales y sus aplicaeio- .:-,
nes » traducción de-Alb^to Lasplaoes. (obra recomen-
dada por la dirección de Instrucción Pública, para els 1
estudio de sociología) .; .»'-J,;;00~
Sayagües X<AsáO-Vistas fiscales con las sentencias eo- ^« ;"
rréspondientes, 3 tomos ........,.,,..;;.. r. ... »fr. SO
» Investigación de la Paternidad, 1 tomo... » 2.00
» Cuestiones Jurídicas, 1 tomo » 2.00
Tagqre RABiNDRANAT-La Luna Nueva (poemas en 'í
prosa) » 0. 35
Viejo Pancho — Paja Brava— Versos criollos ;í . . . . . » O ..60
ZoLA Emílio — ^El Ensueño, traducción castellana" ■ '
de Carlos Malagarriga, 2 tomos » O. ^
ZoRRiiXA De San INIartin (Juan) — Tabaré y La Le- , -^
yenda Patria, novísima edición corregida por el au- ' ,""-
tor i . ■■;. .-. . . .' » 0. 6o
» Encuademación en tela » 1 . 30
> Detalles de Historia Rioplatense, 1 tomo » ;0.5(X'